
Andrés Santa María en SeminarioLAB:
Por qué las Humanidades importan en la innovación
Durante buena parte del siglo XX, filósofos e ingenieros parecieron hablar idiomas distintos. Mientras unos advertían sobre los riesgos de una sociedad dominada por la técnica, otros celebraban el progreso tecnológico como una de las principales fuerzas de transformación de la vida humana. Para Andrés Santa María, filósofo y académico del Departamento de Estudios Humanísticos de la Universidad Técnica Federico Santa María, ese desencuentro comienza a quedar atrás. Y la inteligencia artificial puede ser una de las razones para volver a conversar.
En la tercera sesión de SeminarioLAB 2026, organizada por el Laboratorio de Humanidades de la Universidad San Sebastián, Santa María presentó la charla “Encuentros y desencuentros entre la filosofía y la innovación tecnológica”. Su exposición recorrió la historia de la filosofía de la tecnología para mostrar cómo esta disciplina ha pasado desde una reflexión predominantemente abstracta y pesimista hacia un enfoque más concreto, interesado en comprender cómo las tecnologías efectivamente modifican nuestras prácticas cotidianas.
El punto de partida se encuentra, según explicó, mucho antes de que existiera una disciplina llamada “filosofía de la tecnología”. Ya Platón reflexionaba en el Fedro sobre los efectos de una nueva tecnología —la escritura— y sobre el riesgo de confundir la acumulación de información con el verdadero conocimiento. Siglos después, Francis Bacon y Descartes expresarían una confianza mucho mayor en la capacidad de la técnica para transformar y dominar la naturaleza.
El siglo XX invertiría parcialmente ese optimismo. Pensadores como Martin Heidegger, José Ortega y Gasset, Lewis Mumford y Hans Jonas analizaron la técnica desde sus efectos sobre la autonomía, la libertad y aquello que consideramos propiamente humano. En paralelo, científicos e ingenieros continuaron desarrollando tecnologías que transformaban radicalmente la sociedad. El resultado fue lo que Santa María describió como un “diálogo de sordos”: dos culturas que difícilmente encontraban un lenguaje común.

El cambio comenzó hacia las últimas décadas del siglo XX, cuando nuevas corrientes de filosofía de la tecnología empezaron a estudiar tecnologías concretas y su interacción con las personas. La postfenomenología de autores como Don Ihde y Peter-Paul Verbeek, por ejemplo, entiende los artefactos tecnológicos como mediadores que modifican nuestra percepción, nuestras decisiones y nuestra relación con el mundo.
Esta perspectiva permite formular una pregunta distinta. Si la tecnología inevitablemente nos configura, ¿cómo podemos conseguir que nos configure de la manera que queremos?
La cuestión adquiere especial relevancia con la inteligencia artificial. Para Santa María, no basta con identificar sus riesgos —desde los sesgos y la desinformación hasta la delegación excesiva del trabajo intelectual—. También es necesario preguntarse qué posibilidades ofrece y cómo podemos diseñarlas responsablemente. El llamado Value Sensitive Design, desarrollado por la informática Batya Friedman, constituye un ejemplo de esta nueva aproximación: incorporar valores como privacidad, autonomía, equidad y bienestar desde las primeras etapas del diseño tecnológico.
Así, la ética deja de ser una reflexión posterior sobre lo que la tecnología ya hizo. Puede convertirse en parte de la propia ingeniería.
La consecuencia para las humanidades es significativa. Su futuro no estaría en observar la innovación desde fuera, sino en participar activamente en ella, junto con ingenieros, científicos e informáticos. “El futuro de las humanidades está en la conversación”, sostuvo Santa María.
En un mundo donde cada algoritmo y cada interfaz contribuyen silenciosamente a configurar nuestras formas de vivir, decidir y relacionarnos, quizá el desafío ya no sea detener la tecnología, sino aprender a diseñarla juntos.
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